El buen abogado de hace diez años requería competencias diferentes al abogado del hoy y, en idéntica forma, sucederá con aquel dentro de diez años. Es – en resumen – el ciclo natural de las profesiones que, para bien o para mal, se ha acelerado de vez en vez.
El derecho tiene la ventaja de ser una profesión amplia y diversa. Es amplia, porque permite que sus estudiantes y eventuales egresados conozcan diferentes áreas de este antes del ejercicio profesional especializado en alguna o algunas de ellas. Es diversa, porque le permite a sus estudiantes y eventuales egresados la aproximación, en su ejercicio, a diferentes y múltiples cargos profesionales, ejercicios dentro o fuera de la profesión, formas de aportar en la sociedad y, en general, variados proyectos de vida.
Durante la vida universitaria, siempre he creído que se presenta una especie de paradoja: por un lado, se enseña de manera directa y consistente las cuestiones técnicas, sustanciales y procedimentales que emanan del derecho. El proceso, la obligación, el contrato, la Constitución y los atributos de la personalidad suelen ser cuestiones que todo abogado está en capacidad de dilucidar y apropiar a lo largo de la carrera. Pero, por otro lado, hay varios asuntos – concentrándome en tres en el marco de las próximas líneas – que poco se retratan en el marco de la carrera universitaria y sobre los cuales he sido un defensor para que sean considerados dentro de la formación jurídica universitaria:
- La elaboración de una propuesta de acompañamiento y honorarios para un eventual cliente: suele ser de los asuntos más difíciles de aproximar, especialmente para aquellos que optan por dedicarse al mundo de la consultoría o del litigio. ¿Cuánto cobra un abogado? ¿De qué manera abordar al cliente? ¿Cómo entender lo que vale el trabajo? Son asuntos que, si bien la práctica los ofrece y los va moldeando, suelen ser cuestiones del día a día de millones de colegas que padecen al momento de armar una propuesta determinada.
- Los idiomas: reiterativamente en mis columnas para Lexir he sido enfático en referir la importancia que tiene para los abogados del siglo XXI la capacidad de interactuar en más de una lengua. Algunos – pocos – años atrás, bastaba con ser unilingüe o, ventaja había, el ser bilingüe. Hoy por hoy, no basta con ello y, como factor diferencial del abogado, está el hablar tres o hasta cuatro idiomas. Más que por el hecho técnico y la apertura de puertas que ello genera, lo es porque da cuenta de un entendimiento más real y cercano de lo que el mundo hiperconectado está llamado a ser: uno en donde las barreras son cada vez menores. El lenguaje – que persé es la principal barrera comunicativa entre humanos – está convirtiéndose en un arma poderosa para trascender en el mercado laboral y no basta ni bastará con dos.
- Enseñar a ser verdaderamente íntegro: puede que el título esté errado y que ello no sea objeto en si de enseñanza. Pero, sin duda, el abogado está llamado a ser y actuar, siempre, íntegramente. El ejercicio de la profesión y la sociedad misma así lo demanda. No basta con ser abogado. El apellido de integridad es correspondido para una profesión que trasciende vidas.
El siglo XXI ha supuesto retos enormes en el marco de un mundo cada vez más digitalizado y en donde la innovación tecnológica avanza a pasos agigantados. Un software que proyecta sentencias, mensajes cada vez más instantáneos de un lado del mundo al otro, son dos de los muchos ejemplos prácticos que se podrían situar para ejemplificar lo que está aconteciendo.
No considero que vaya a haber un reemplazo del ser humano por la tecnología en el rol de las profesiones, pero sí se nos está llamando, especialmente a profesiones regladas, en ciertos casos mecánicas y bastante operativas como lo puede llegar a ser el derecho, a reformularse y a encontrar valores agregados que le permitan seguir brillando.
El buen abogado de hace diez años requería competencias diferentes al abogado del hoy y, en idéntica forma, sucederá con aquel dentro de diez años. Es – en resumen – el ciclo natural de las profesiones que, para bien o para mal, se ha acelerado de vez en vez.






