En el litigio, la intuición puede ser útil; el método, en cambio, es indispensable.
La práctica del Derecho ha estado tradicionalmente asociada al litigio. En el imaginario colectivo, alimentado por la cultura popular, el abogado litigante suele ser el protagonista de una historia que se resuelve gracias a el descubrimiento, a último momento, de un detalle decisivo.
La realidad de la profesión en esta área de práctica, sin embargo, es distinta. Los casos rara vez se ganan por una inspiración repentina. Por el contrario, su éxito suele depender de una preparación rigurosa, una estrategia definida y una ejecución adecuada. A falta de estos elementos, la improvisación aparece en su lugar y el fracaso se hace inminente.
Este artículo parte de una idea sencilla: la resolución de disputas no es un enfoque que deba confiarse al talento o la intuición, sino a una metodología de trabajo clara desde el primer momento. En dicho contexto, todo profesional del derecho debería contar con una metodología de trabajo que considere, por lo menos, los siguientes cinco aspectos:
- Definición de una teoría del caso. Al recibir un caso, el primer paso es comprender los hechos del caso y las expectativas del cliente. Si el caso es viable, corresponde construir una teoría del caso que permita explicar esos hechos desde una perspectiva jurídica coherente.
- Diseño de una estrategia efectiva. Durante mis estudios de pregrado, escuché una frase de un profesor que sigue vigente en mi ejercicio profesional: “Si no sabes lo que buscas, capaz que no lo encuentras”. Su intención era señalar que el éxito de un caso depende, en buena medida, de diseñar una estrategia coherente con lo que se busca en la práctica. Definida la teoría del caso, el siguiente paso es diseñar un plan para alcanzar el objetivo propuesto, identificando los argumentos principales, las pruebas relevantes y los riesgos que pueden surgir durante el proceso.
- Distribución de tareas administrativas. La práctica del litigio no se limita a la controversia jurídica. También exige organizar responsabilidades relacionadas con la comunicación con el cliente, la elaboración de informes periódicos, el archivo de los documentos y la gestión del expediente. Con esto definido desde un comienzo, se evita que las tareas administrativas recurrentes sean resueltas sobre la marcha.
- Adaptación durante el proceso. Contar con un método no significa aferrarse a él de manera inflexible. Un buen abogado sabe reconocer los cambios que surgen en el curso de un litigio y adaptar su estrategia cuando sea necesario. Adaptarse no equivale a improvisar.
- Cierre del caso (“debriefing”). Todo caso ofrece oportunidades de aprendizaje, independientemente de su resultado. Revisar los aciertos, identificar los errores e incorporar mejoras permite que cada experiencia fortalezca la metodología para los casos futuros.
Desde luego, la adopción de un método de trabajo no garantiza un resultado favorable. Ninguna metodología puede eliminar la incertidumbre propia del litigio. Al fin y al cabo, como suele decirse, la obligación del abogado es de medios y no de resultados. Lo que sí permite es reducir la improvisación, tomar mejores decisiones y ejercer la profesión con mayor rigor. En el litigio, la intuición puede ser útil; el método, en cambio, es indispensable.
Juan Sebastián es abogado de la Universidad Nacional de Colombia, y especialista en Derecho Comercial de la misma universidad. Su práctica se ha enfocado en litigios civiles y comerciales, con especial énfasis en controversias contractuales y derecho de la responsabilidad. A lo largo de su trayectoria ha participado en la resolución de controversias desde una perspectiva integral, apoyando funciones asociadas a las perspectivas del litigante, juez y árbitro. Actualmente, se desempeña como Asociado del equipo de Litigios y Resolución de Disputas de Dentons Cárdenas & Cárdenas.





