Un gol publicitario mal jugado puede ser un autogol legal.
Cada cuatro años, el mundo entero suspende su ritmo habitual y entra en modo fútbol. Las casas se transforman en estadios improvisados, las pantallas se multiplican y hasta las oficinas se convierten en zonas oficialmente toleradas para las inevitables “pollas” futboleras.
Y mientras millones celebramos cada gol, se juega en paralelo otro partido: el de la publicidad. En este encuentro, el trofeo no es la Copa, sino algo incluso más disputado: la relevancia publicitaria.
En esta cancha, el área de mercadeo de cada marca juega como el número diez del equipo: se encarga de diseñar la jugada y de materializar la pasión colectiva en valor para la marca. El área legal, por su parte, cumple un rol defensivo clave: acompaña la jugada y evita que ese gol termine siendo una infracción. Estas áreas no son equipos rivales; ambos juegan el mismo partido y deben hacerlo con la misma camiseta: la de la marca.
Este equilibrio resulta clave para mitigar riesgos legales que se acentúan durante el Mundial. Cuando una marca intenta capitalizar la visibilidad del evento sin ser patrocinadora oficial, entra en el ámbito de la publicidad parasitaria (“Ambush marketing”), entendido como un conjunto de estrategias diseñadas para asociarse al evento sin autorización de la FIFA, aprovechando su prestigio y exposición mediática. Basta con generar en la mente del consumidor la percepción de que existe una relación con el evento para que el riesgo legal se active. Lo que para el área de mercadeo puede sentirse como un gol creativo, para legal puede convertirse rápidamente en un autogol.
La FIFA no deja que este partido se juegue al azar. Protege activamente sus derechos mediante registros de propiedad intelectual estratégicos, guías de uso y cartas de cese y desistimiento dirigidas a quienes puedan afectarlos. El uso no autorizado de símbolos oficiales, la sugerencia de vínculos comerciales inexistentes, la creación de asociaciones indirectas evidentes o la ejecución de activaciones intrusivas constituyen faltas claras. En todos los casos, el análisis no se queda en la creatividad de la campaña, sino en su efecto sobre la percepción del público.
Dicho en términos sencillos: que la campaña no termine como aquel gol de Colombia vs. Brasil en 2014, que, aunque es recordado por todos, fue anulado al final.
Esto no significa sacar a la marca del juego ni apagar la creatividad. Significa saber jugar estratégicamente. Las campañas deben enfocarse en el fútbol como deporte y en la emoción que despierta en los hinchas, evitando el uso de activos reservados a patrocinadores oficiales, tales como estadios, camisetas oficiales, contenidos desde el campo, canciones oficiales del Mundial, referencias explícitas al torneo, grabaciones de los partidos o cualquier contenido que pueda generar una asociación directa entre la marca y el Mundial.
Aquí, el área legal debe entrar desde el minuto uno, asistiendo cada jugada del equipo de mercadeo. Legal, no puede ser el jugador que metes en el último momento, sino que debe ser un jugador estratégico que lee el partido: creatividad, timing, mensajes, medios e influencers. Sobre todo, en un entorno digital, una asociación indebida puede construirse en segundos.
Porque en estos eventos, como en el fútbol, no todo gol vale. Y tener a legal en la cancha no frena la creatividad: la ordena, la protege y la hace sostenible hasta el minuto final.






