Gran parte del trabajo de los abogados litigantes se materializa en escritos jurídicos, tales como demandas, contestaciones, alegatos, entre muchos otros. Estos documentos, en grandes volúmenes, deben ser analizados por las autoridades judiciales y las partes del proceso. Sin embargo, con frecuencia resultan complejos y difíciles de comprender, no necesariamente por la dificultad de las materias que abordan, sino por deficiencias en su redacción.
Los programas de derecho de las universidades incluyen en sus planes de estudio asignaturas orientadas a la argumentación jurídica; no obstante, dicha formación rara vez se refleja en la calidad de los documentos que se elaboran en la práctica profesional.
En una ocasión, un jefe me dijo que la diferencia entre un buen abogado y uno mediocre radica en la capacidad de identificar con precisión el problema jurídico y resolverlo adecuadamente. Sin embargo, surge un interrogante relevante: ¿qué ocurre cuando, al momento de redactar, el abogado no logra plasmar esa capacidad en sus escritos?
Este planteamiento se complementa con otra afirmación igual de pertinente: los escritos de un abogado litigante constituyen su carta de presentación. Una actuación deficiente en una audiencia puede ser circunstancial y superable; en cambio, un documento mal elaborado permanece como reflejo directo de la calidad profesional del abogado.
En ese sentido, no debería haber lugar para escritos jurídicos deficientes. La redacción representa el espacio en el cual el abogado tiene la oportunidad de detenerse, reflexionar y estructurar rigurosamente la línea argumentativa destinada a resolver el problema jurídico, consolidándose así como su principal instrumento de presentación profesional.
Finalmente, para estos propósitos, la inteligencia artificial se ha consolidado como una herramienta indispensable. Aplicaciones como Harvey, Claude, entre otras, han facilitado la redacción de documentos jurídicos. No obstante, su uso debe ser cuidadoso, a fin de evitar que derive en una actitud de mediocridad o pereza intelectual que comprometa la calidad del razonamiento jurídico plasmado en los escritos.
Natalia Vanegas Lizarralde es Abogada de Litigios y Arbitraje en Dentons Cardenas & Cardenas.





